La granja

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Llevaba una vida  monótona y miserable, sus padres habían muerto hacía años, él a sus cuarenta años se cuidaba de su granja de cerdos, a pesar que sus padres le habían dejado una herencia considerable, vivía muy sencillamente, le decían que dejara la granja y se fuera a viajar a conocer mundo, nunca había salido del pueblo, pero él decía que así era feliz.

Había tenido novia durante cinco años y cuando se iban a casar ella desapareció con otro, esto le había sumido en una depresión que todavía arrastraba, su vida era su granja y bajar cada día al pueblo a tomar unos vinos, su casa del pueblo estaba separada unos 10 kilómetros y siempre bajaba con una motocicleta.

Cada año hacen un concurso de el mejor recogedor de espárragos y el premio es una semana de vacaciones en un balneario de la zona, por ese motivo  se llena de gente de todos los alrededores.

Pasó el concurso y el pueblo volvió a la monotonía, se me olvidaba decir que el se llama Jacinto y yo soy su mejor amigo, mi nombre no tiene importancia, pero él dice que soy su ángel protector y quizás tenga razón.

Un día Jacinto no bajó a tomar sus vinos como era costumbre, pensé que estaría muy cansado, la granja la llevaba él solo, nunca quiso contratar a nadie, era muy celoso de su intimidad, al día siguiente tampoco bajó, me extraño mucho y decidí ir a ver que pasaba.

Cuando llegué lo encontré tumbado en la cama, lleno de moratones, tenía la cara hinchada y una ceja abierta, le pregunté que le había pasado, me contestó que entraron dos hombres en su casa, que le querían robar, empezaron a pegarle y él se defendió con una escopeta de caza que siempre tenía a mano por si acaso, después de los últimos robos  la gente se protegía más, los había matado, los tenía en el almacén, hoy mismo se iba a deshacer de ellos, le dije que no se preocupara que yo le ayudaría  en todo, se lo debía él me salvó la vida en otra ocasión, y siempre le dije que me tendría para todo lo que necesitara, y ahora había llegado el momento de saldar mi deuda.

Fuimos al almacén recogimos los cuerpos y en vez de enterrarlos los descuarticemos y se los dimos de comer a los cerdos, no era la primera vez que lo hacíamos, años atrás cuando me salvó la vida hicimos lo mismo, él me ayudo a matar y descuartizar  a un prestamista que quería embargar mis tierras, ahora estábamos en paz.

Sentados junto la chimenea, Jacinto en un momento de debilidad, me contó, que cuando se enteró que su novia y uno del pueblo se habían ido juntos, fue tras ellos los mató y se los dio de comer a los cerdos, así no tendremos secretos me dijo.

Los cerdos son uno de los pocos animales que no dejan ningún rastro de huesos, por lo tanto perfectos para este fín.

Se me olvidó contarles que el pueblo tiene fama por los espárragos y también por su sabrosa y gelatinosa carne de cerdo.

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7 comentarios to “La granja”

  1. Ana Fernández Diaz Says:

    buffff

  2. Saricarmen Says:

    ¡Creo que pasará mucho tiempo antes que pueda volver a servirme un rico asado de cerdo!
    Muy bueno el relato.
    Saludos,
    Saricarmen

    • Una virgo lunática Says:

      Hola Saricarmen, me alegra verte por aquí, creo que a partir de leer mi relato, siempre que comas asado de cerdo te acordarás de mí, no es la mejor manera, pero tampoco está mal.

      Te aconsejo que no seas demasiado aprensiva si piensas seguir mi blog, ya que me fascinan los temas culinarios y sus diversas formas de elaboración.

      Un fuerte abrazo.

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